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    La Catrina Mexicana 

      

    Cuando llega el día de los muertos La Catrina Mexicana porta sus mejores galas y acepta todas las invitaciones que se le hacen para engalanar las ofrendas que se montan en mercados, plazas, restaurantes, centros culturales, museos y hasta universidades.

     

    De un hermoso baúl saca su vestuario impregnado de historia, tradiciones y perfume de cempasúchil y luce como la más famosa entre los vivos, contando anécdotas, historias, leyendas y sobre todo protegiendo nuestras hermosas tradiciones mexicanas.

     

    Muchos fotógrafos han captado su enigmática imagen que recorre el mundo por medio de la  prensa, la televisión y por supuesto en Internet.

     

    Con su gracia y cadencia, su picardía y jovialidad, estamos seguros de que en vida te conquistará y un día morarás con ella en la eternidad.

     

                                                                           

     

     

    Por: Mtra. Ph. Gricel Varela Rubio

     

     

     

     

     

     

    La muerte en los antiguos pueblos Mesoamericanos.



     


    La muerte en los antiguos pueblos mesoamericanos es considerada como el inicio de un nuevo ciclo de vida, de aquí que la muerte es un honor en los diferentes estadios de la vida, por este motivo los sacrificios humanos eran la mejor ofrenda para los dioses. 

    Los antiguos mexicanos creían que el hombre estaba compuesto de un cuerpo y una alma, y al morir irían a vivir a otro lugar.

    Este es precisamente el motivo por el cual el culto a los muertos en nuestras culturas originarias mexicanas, se manifestaba mediante la celebración de la Vida en el más allá.
     

    El universo de los dioses.
    Los pueblos prehispánicos concebían el universo en tres niveles: el celeste, el terrestre y el inframundo.

    El nivel celeste estaba formando por trece escaños.

    El terrestre tenía un centro fundamental  expresado a través del templo principal, centro en donde habitaba el dios viejo o del fuego llamado Huehuetéotl-iuhtecuhtli y de donde partían los cuatro rumbos del universo:
    El oriente, lugar por donde sale el sol, identificado por el color rojo y el glifo "caña", regido por el dios Xipe-Tópec; era la parte masculina del universo.
     
    El poniente , de color blanco y con el glifo "casa", regido por Quetzalcóatl; era la región de las mujeres conocida como Cihuatlampa.
    El norte, de color amarillo o negro, cuyo glifo era el "cuchillo de sacrificio", estaba regido por el Tezcatlipoca negro; era la región del frío y de los muertos.
    El sur, el que correspondían el color azul y el glifo "conejo", regido por Tlalóc (Huitzilopochtli en la versión mexica), lugar del sacrificio conocido como Huitztlampa; era la región relacionada con lo húmedo.

    El inframundo formado por nueve escalones.

    Cada rumbo se identificaba con un árbol y en el centro había uno, cuyas raíces se hundían en el inframundo y su tronco se elevaba  llegando su ramaje hasta el nivel celeste.

     

    El vértice sagrado.
    En sentido vertical, el universo se componía por el nivel celeste y el inframundo.
    El primero estaba formado por trece cielos, los iniciales relacionados con astros como
    la Luna, las estrellas, el Sol, Venus, los cometas, o lugar de giro, y los dos siguientes con colores. Sigue el lugar de las tempestades, del noveno en adelante, eran cielos que habitaban las deidades siendo el último el Omeyocan o lugar de la dualidad.

    Al inframundo iban quienes morían de muerte natural. Había que pasar por ocho lugares llenos de peligros para llegar, finalmente, al Mictlán, el noveno y más profundo de ellos.
    Para llegar a este punto se debìa a
    travesar un río, dos cerros que chocan entre sí, la culebra que guarda el camino, el lugar de la lagartija verde, pasar por ocho páramos, atravesar ocho collados, el lugar del viento frío de navajas, cruzar un río y llegar al Mictlán, donde habitaban Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl, dualidad de la muerte, en equilibrio con la dualidad suprema que habita el Omeyocan.

     

    El ritual y las ofrendas.
    El ritual fue fundamental para los pueblos prehispánicos. En ocasiones era la representación de un mito o estaba relacionado con festividades y ceremonias. Desde el nacimiento hasta la muerte, a lo largo del año o para celebrar un acontecimiento, el ritual era parte esencial de las ceremonias por medio del cual el hombre rendía culto a los dioses.

    Los templos, las grandes plazas, la casa, todos ellos eran espacios de mayor o menor sacralidad en los que el hombre expresaba, a través del ritual, su vínculo con lo sagrado.

    El autosacrificio se celebraba en la intimidad, como un acto personal de comunicación con los dioses, cuya costumbre era generalizada entre toda la población. Se llevaba a cabo perforándose ciertas partes del cuerpo con puntas de maguey o punzones de hueso, que eran encajados ya ensangrentados en unas bolas de heno llamadas zacatapayoli y todo lo cual quizá era guardado en las cajas ceremoniales llamadas tepetlacalli, para ofrenda a los dioses.

    El sacrificio humano se celebraba con una piedra de sacrificios, un cuchillo de pedernal y un recipiente para ofrendar los corazones, llamado cuauhxicalli.

    Revestía gran importancia, ya que era la manera de que la muerte siguiera la vida, tal como ocurría en la naturaleza, en la que a lo largo del año había una temporada de secas donde las plantas morían, y una temporada de vida, en que la lluvia hacía renacer los frutos de la tierra, como parte de un ciclo constante.

    De esta manera el hombre ofrendaba lo más preciado, la sangre y la vida misma, para que a través de la muerte surgiera la vida.
    El concepto de dualidad, tan importante en el mundo prehispánico, proviene de esta realidad presente en la naturaleza. ¿Culto a la muerte?, más bien culto a la vida ... a través de la muerte.

    La dualidad vida-muerte se expresaba mediante un rostro con la mitad viva y la otra descarnada, o por medio de dos cabezas.
    El calendario y el culto a los dioses a los largo del año eran otra manera de expresar esa dualidad, donde quedaban plasmadas las necesidades más apremiantes del hombre antiguo: la agricultura como la vida y la guerra como expresión de la muerte misma.

     

    Los dioses de la muerte.
    La agricultura y la guerra fuèron dos aspectos fundamentales sobre los que se asentaba la economía de los pueblos prehispánicos.

    En el caso de la guerra, los dioses mismos luchaban entre sí para crear al hombre y proporcionarle el alimento básico.

    La guerra entre los hombres se daba con el fin de obtener un tributo que se imponía al pueblo conquistado.

    Existía entre los mexicas y otros pueblos del Altiplano la "guerra florida" para tomar prisioneros para el sacrificio. Recordemos que a los guerreros muertos en combate o sacrificio se les deparaba acompañar al Sol desde el amanecer hasta el mediodía.

    Las mujeres muertas en parto acompañaban al Sol desde el mediodía hasta el atardecer. Por eso el oriente era la parte masculina del universo y el poniente la femenina.

    La guerra fue el medio por el cual se alimentaba el Sol para que no detuviera su andar. Algunos poemas nos hablan de ello:

    "Ya se sienten felices los príncipes, con florida muerte a filo de obsidiana, con la muerte en la guerra".

    En contraposición con los dioses de la vida tenemos a los de la muerte. Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl eran la dualidad que se encontraba en el Mictlán, el noveno y más profundo de los niveles del inframundo.

    Se les muestra descarnados y en ocasiones ricamente adornados. Para llegar el inframundo el individuo tenía que ser devorado por Tlaltecuhtli, Señor de la tierra, que con sus grandes fauces comía la carne de los muertos; a partir de ese momento, continuaba su camino lleno de peligros para llegar, finalmente, al Mictlán.

    Muchos son los animales e insectos asociados a los dioses de la muerte. Desde el perrito que ayudaba a cruzar el río hasta el murciélago, animal que vive en cuevas y que sale en las noches.

    La cueva era lugar de vida y de muerte; de ella podían nacer pueblos pero era también la entrada al inframundo, de allí su asociación con la muerte.

    El cielo de los dioses Ometecuhtli y Omecíhuatl, era la región presidida siempre por Mictlantechuhtli y Mictecacíhuatl, dioses gobernantes del Mictlán, lugar de los muertos. 

     Y así como  celebramos un acontecimiento familiar o social, con música, manjares y colorido, en la muerte estas tradiciones continúan y los vivos recuerdan a sus difuntos de igual forma con fiestas y alimentos.

     Nuestros ancestros concebían a la muerte tan solo como un salto dimensional a otra región, de vida y características placenteras.

     

                                                                    


     



     

     

     

     

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